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Domingo 28 de agosto de 2016

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Cultural El Duende

Un saber alucinatorio

28 ago 2016

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El silencio va m√°s r√°pido al retroceder. Un solo vaso de agua bastar√≠a para alumbrar el mundo. J√ļpiter vuelve sabios a quienes quiere perder. He aqu√≠ algunas de las frases que Orfeo,¬†le po√®te endormi¬†del majestuoso filme de Jean Cocteau, escribe al dictado de la radio de la Muerte.¬†

La poes√≠a, se entiende, es siempre un saber alucinatorio. Un viaje indefenso a las comarcas del sue√Īo, esa zona en la cual est√° prohibido retroceder, donde la pregunta¬†¬Ņpor qu√©?¬†carece de sentido.¬†

Un don, en suma, que exige una disciplina tan meticulosa que hasta es necesario renunciar a escribir, para escribirla. En ella, ning√ļn exceso es rid√≠culo, ninguna creencia alcanza. En los l√≠mites de ese enamoramiento ins√≥lito con su ignorancia, Orfeo afronta la m√°s encarnizada lucha, no con las palabras sino contra las palabras.¬†

Cada poeta quisiera atravesar, como él, esas puertas de espejo que podrían revelarle el secreto de los secretos, realizar su propia caminata inmóvil en el agua nocturna del Deseo para llegar allí donde la Novia de Negro está dispuesta a premiar con un beso de hielo a quienes respondan a sus preguntas:

"Savez-vous qui je suis?" / "Oui, je le sais." / "Dites-le". /"Ma mort".

¬†("¬ŅUsted sabe qui√©n soy?" "S√≠, lo s√©."¬† "D√≠galo."¬† "Mi muerte.")

En el límite entre lo que no sabe y lo que no puede no decir, la poesía alza su estandarte vulnerable, luminosamente humano. Algo parecido, me parece, ocurre en el ensayo. Hay en él, como en el poema, una ceguera contagiosa, una tenaz revolución en torno de un enigma cuya virtud pareciera radicar, paradójicamente, en su propia negativa a ser descifrado. 

El ensayo, digamos, avanza siempre a tientas, prendado como Edipo a lo conjetural, desoyendo advertencias, atento s√≥lo a aquellos sobresaltos, intuiciones y peque√Īos deslumbramientos que podr√≠an aumentar la calidad de sus preguntas, no variarlas. As√≠ es, el ensayo poco tiene que ver con las certidumbres y, en tal sentido, es ajeno a las formulaciones acad√©micas, saturadas de citas, documentaci√≥n y notas al pie.¬†

No es que no le interese discernir entre verdad y error, quizá lo que ocurra sea, simplemente, que acepta el error como una premisa casi inevitable, y por eso se concentra en extraer de aquello que lo elude las máximas consecuencias filosóficas, metafísicas y estéticas, aceptando así una responsabilidad ética de incalculables consecuencias. 

En otras palabras: entre √ćtaca y el viaje, el ensayo elige, sin vacilar, el viaje. Opta por ir, como otro Orfeo enamorado del descenso, a la b√ļsqueda de lo m√°s preciado de s√≠: desconocerse. De ah√≠ la afiebrada tensi√≥n que hace de su prosa un territorio infalible. De ah√≠, tambi√©n, sus falsos razonamientos, sus opiniones arbitrarias, el fervor celebratorio con que induce cada una de sus revelaciones.

Edmond Jabès dijo en cierta ocasión que la poesía y el pensamiento son dos hermanos siameses con cabezas separadas. Si la fórmula es veraz, cabría agregar, lo es porque el pensamiento -contrariamente a lo que se cree- también es una emoción, una emoción de la inteligencia. 

María Negroni (1951) Poeta, ensayista, novelista

y traductora argentina.

Tomado de: Eterna cadencia. com .ar

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