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Obsequio por cuarentena



Domingo 14 de agosto de 2016

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Cultural El Duende

La Biblia de Maltavos

14 ago 2016

Gary Daher

Entr√≥ con un perro sacrificado colgando de sus hombros y lo deposit√≥ sobre la mesa. Afuera un cielo oscuro y helado constru√≠a una pintura de violetas sobre la nieve sucia de holl√≠n. √?l se sent√≥ cerca de la chimenea para mirar c√≥mo Romina, su mujer, desollaba y descuartizaba al animal para salar las tiras de carne. Tranquilamente, mientras tomaba su larga taza de cer√°mica ruda y beb√≠a a sorbos el agua caliente, le fue contando su historia.

Sabes que antes de que te encontrara, viv√≠a en las monta√Īas del sur, cerca de la ciudad destruida. All√≠ la vida era m√°s dura y no exist√≠a nada que pudiera aliviarla. Se respiraba muy mal y la gente usaba filtros de tela para evitar que el carb√≥n se meta en los pulmones. Entonces estaba con nosotros Maltavos, un hombre muy grande del pueblo de Arl√°n, l√≠der de grupo y gran cazador. Ten√≠a las mu√Īecas m√°s gruesas que he visto y en su mirada se pod√≠an sentir las m√ļltiples aventuras de su vida. Nada le causaba temor y su risa, cuando estaba contento, se pod√≠a escuchar a muchas leguas entre las ca√Īadas de los r√≠os de azufre. Maltavos sospecha que vivimos en el infierno.

Dice que todos estamos condenados, que la luz que vemos no es tal sino reflejo de la noche que tampoco es nuestra. Est√° de acuerdo con la leyenda que dice que al morir nos trasladamos a un lugar que est√° m√°s all√° del mar de arena, frontera del occidente, pero que all√≠ solamente esperan otros horrores, un aire que produce lepra y un agua que destruye el cuerpo. La mayor√≠a no cree ni descree de ello, parece que no les interesa, ellos dicen: nosotros, la circunstancia; pero no, los dos sabemos que lo que tienen es miedo, un miedo que no los deja pensar. T√ļ sabes.

Una vez, Maltavos hizo una excursión a la ciudad destruida, yo fui con él. Como ya es noticia, la ciudad está semienterrada al fondo de imponentes precipicios que ninguno se atreve a escalar; pero Maltavos conocía un valle que permite su acceso. Bajamos al lugar donde aparece una construcción como una muralla, sin comisuras, hecha de una sola piedra, es lisa y suave a la mano, pero existiendo un alud de tierra sobre ésta, trepamos y con su espada cortó los gruesos alambres que hacen la malla que divide por encima.

Detr√°s de la muralla lo primero que se ve son los grandes bloques brotados de fierros retorcidos y gruesos cables que se extienden sobre el paisaje de las ruinas. Cruz√°ndolos descubrimos una avenida donde las sombras dif√≠cilmente ocultaban la gran cantidad de aparatos de metal oxidado que nadie sabe para qu√© serv√≠an. En la paredes, l√°minas transparentes, fr√°giles y quebradas. Luego, ingresamos a lo que parec√≠a ser una torre, all√≠, subiendo las escaleras, entre los escombros, vimos muebles viejos y de formas muy extra√Īas, diversos objetos cuyos nombres no conocemos, todo muy dif√≠cil de ver por la oscuridad en que la ciudad est√° sumida, y ya se sabe que all√≠ no se puede hacer fuego por el aire que estalla. Entonces Maltavos me hizo notar un par de bloques a semejanza de ladrillos, una suerte de papeles encuadernados, todos con trazos negros. Maltavos dice que se llaman libros y tienen vida propia. Los arlades creen que aquel que tiene el conocimiento puede escuchar lo que dicen, y que un d√≠a llegar√° Letreo en un carro de fuego, para develar todo esto a los elegidos. En esto and√°bamos, yo escuchando y Maltavos, abriendo su coraz√≥n arlade como nunca; hasta que un aullido brutal, como el dolor de mil canes heridos, hizo estruendo. Nada se compara a ese horror. Nuestros cuerpos se estremecieron y nuestra sangre golpe√≥ pavorosamente. Entonces huimos. Yo alcanc√© a ver algo, una luz que giraba con intensos colores. Tuve miedo, jam√°s sent√≠ un terror igual. Dice Maltavos que es el esp√≠ritu que habita all√≠ y cuida la ciudad vac√≠a.

Hoy encontr√© entre la nieve un caj√≥n antiguo de metal. Despu√©s de luchar con √©l un par de horas, abr√≠ su vientre de plata a fuerza de martillo. Adentro, entre varios objetos desconocidos, hall√© aqu√©l, es decir, un libro, magn√≠ficamente conservado y tambi√©n muy bello, m√≠ralo. ¬ŅTe das cuenta, Romina? Casi nadie los ha visto, y nosotros, afortunados¬? Quiero que armes un altar, desde hoy ser√° nuestro nuevo dios. Sus tapas con negras y de un fino cuero, tanto que no se podr√° hallar en ninguna jaur√≠a, ni aun en las que trazuman tras el solitario pe√Ī√≥n del bosque de helechos, y como puedes ver, el papel es tan delgado que parece que no existe. No tengas miedo, mujer, √©ste no grita, estoy seguro. ¬ŅTe imaginas? Acaso mir√°ndolo aprendamos, acaso un d√≠a nos hable del infinito desierto, de la noche umbr√≠a, de los muertos, del azufre, del mareo, de la ciudad sin nombre, de nuestro dolor permanente, del tiempo, de d√≥nde vinimos y a d√≥nde vamos. Qui√©n sabe, un d√≠a, a trav√©s de su voz como de agua pura que corre, podamos entender por qu√© el viento del sur sopla sin cesar y nos llena de suciedad todas las horas.

Romina dej√≥ de salar la carne y se acerc√≥ para ver el negro libro de fino cuero, lo mir√≥ de todos lados con la expresi√≥n de espanto en los ojos, luego, tomando un pu√Īado de sus hojas como quien aprieta un gran mech√≥n de cabellos, abierto y de un solo golpe lo lanz√≥ sobre la hoguera. Por estas cosas, Horacio, mi abuelo dec√≠a que el mundo est√° como est√°, por el maldito deseo de saber. Algo as√≠, es abominable, no es un dios, es algo mal√©fico y demon√≠aco; es peor que aquelarre de las tuertas, cuando desnudas muestran sus cicatrices de mordeduras de serpiente, pues viven entre ellas. Y es mejor que te quites de la cabeza todas estas extra√Īas dudas y preguntas sin sentido, que mucha ocupaci√≥n tenemos con la le√Īa de la que no hay cantidad que alivie el fr√≠o y la comida que nunca basta. Olv√≠date y da gracias por ser como soy, una est√©ril y no una bendecida, porque adem√°s de tener que soportar a la secta de los arlades de nariz de arete, ser√≠amos expulsados de todo sitio por el temor a cobijar mutantes, y tendr√≠amos otras bocas que alimentar y defender. ¬ŅPara qu√©? Para que una vez viejos te vendan a los comerciantes de carne humana. Deja ya de tomar agua caliente que hay que racionar, y ap√ļrate, ya es hora de que los lobos y mastines acechen, es mejor que prepares las trampas, y que cierres las puertas con fuertes maderas, no vaya a ser que nos sorprendan y ma√Īana no hallemos ninguno que comer.

Gary Daher Canedo. 1956.

Poeta, narrador, ensayista y escritor.

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