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Domingo 26 de mayo de 2013

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Revista Dominical

Curiosas anécdotas en la conquista del Perú

26 may 2013

Fuente: LA PATRIA

Por: Vicente González Aramayo Zuleta

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En la historia de la que el ser humano ha sido el actor principal, existen miles de hechos y anécdotas curiosas y sorprendentes que han acontecido durante la marcha del hombre por la vida labrando su destino, para que todo sea registrado en las páginas de la historia universal. El hombre ha seguido en la vida un derrotero, ha progresado con seguridad atravesando por leyes, que para los observadores han sido inexorables. De ahí el establecimiento del “materialismo histórico”. Los historiadores se enfrentan en opiniones encontradas. Hay conceptos en los que algunos sostienen que el Hombre ha experimentado hechos históricos en forma espontánea, mientras caminaba por la vida, y no ha podido prever. Para este caso ofrecen el ejemplo en que el Hombre diga: “Estoy yendo a la Guerra de los Treinta Años”. No puede saber aún que se ha de producir esa guerra. La segunda opinión estriba en que mas bien el Hombre ha creado las leyes históricas por las que se ha de regir por ellas en la construcción de la sociedad y el desarrollo humano, leyes sociales, casi semejantes a las leyes físicas o químicas,

Es así cómo en todos los hechos históricos existen anécdotas, menos previsibles aún. Narraré algunos que acaecieron durante la conquista de los incas en esta gran parte de los Andes, que ahora forma los países que son Ecuador, Perú, Bolivia, e incluso Chile y la Argentina, con grandes remanentes. Los españoles Francisco Pizarro y Diego de Almagro, como sabemos, fueron los capitostes de la conquista del gran imperio del Perú. Después de la llamada “Capitulación” dispuesta por el rey Carlos en Toledo, la expedición, con toda la potestad concedida por la corona al grupo de la conquista, ésta se lanzó por los mares del Sur a la buena de Dios, pero con la decisión obsesiva de llegar a ese imperio fabuloso en América del Sur, del que muchos también creyeron que se trataba de El Dorado. La empresa se inició en l529. Primero llegaron los españoles a Tumbes, en la otra expedición llegaron hasta Cajamarca, un valle de solaz y regosto del Inca por el clima y las aguas termales. Ahí se encontraba Atahuallpa, cuando ingresaron los españoles. El emperador disfrutaba del período de paz que se había presentado tras la guerra civil que se había producido entre él y su hermano Huáscar, sobre quien había salido victorioso. La expedición española estaba conformada por ciento cuarenta hombres, entre ellos varios reclutados de los cotarros y suburbios de Sevilla, licenciosos y hasta malandrines. Pero en la expedición también hubo once hidalgos que salvaron el honor de España cuando el improvisado tribunal, sin jurisdicción ni competencia juzgó y asesinó al Apu Inca. Este plantel de desaforados, ambiciosos se apoderó del Inca, después de un baño de sangre en la plaza de Cajamarca, donde y cuando fueron asesinados cerca de cinco mil indios y no murió ni solo español. El sórdido fraile, Vicente Valverde, capellán de la expedición sostuvo hasta el último momento, a ultranza, que el “indio hereje debía ser quemado vivo “ejecutarle”. Cuando Inca fue cautivo, después de la gran matanza, en la que no hubo ni un español muerto. Atahuallpa resultaba prisionero en su propio palacio. Llama la atención que el imperio que tenía a mano cincuenta mil hombres sobre las armas no hizo nada por rescatar al “Apu Inga”, ni responder a la ocupación; se preguntan desde simple paisanos hasta los historiadores el porqué de esa pasividad, y no sólo de Atahuallpa, sino también de Moctezuma, en los aztecas. Presumen que ambos emperadores creyeron que a los españoles, viéndoles extraños, con poder, en caballos, eran sus jefes espirituales que una vez vivieron en ambos imperios, pero que un día se fueron con la advertencia de volver…y los americanos creyeron que ahora habían. Ellos eran Viracocha y Quetzalcoatl, entre los incas y entre los aztecas, respectivamente. El tiempo de cautiverio del Inca, hasta su muerte, convivieron el cautivo y los conquistadores. La soldadesca homogénea se entregaba todo el día a la molicie, gozando de una vida tranquila con abundantes manjares del nuevo mundo, y por las noches abriendo la senda de los deleites con las mujeres ultrajadas del “Ajllawasi”.

He aquí mi primera anécdota: Atahuallpa se había fijado en la escritura de los españoles (de los que sabían pues Pizarro era analfabeto). Un día el Inca llamó a un capitán y le dijo que había observado cuando escribían los españoles sobre papel, con tinta o lápiz, y quería comprender mejor, le pidió que le escribiera en su dedo pulgar una palabra cualquiera. El capitán escribió debajo de la uña del pulgar del Inca la palabra “Dios”. Apu llamó a otro militar español y le dijo que le leyera su dedo. El español leyó “Dios”. Luego le pidió al propio Pizarro que leyera lo que decía su dedo, pero el conquistador no pudo leer, entonces Apu Inca comprendió que la escritura se aprendía, no se nacía sabiéndola. (1)

La segunda anécdota: Cuando Atahuallpa harto de negociar con Pizarro por su libertad, ofreció oro en un cuarto de 10 por 5 metros, lleno de oro hasta donde alcanzara su mano, parado, en la pared, Hernando Pizarro y Hernando de Soto fueron comisionados para sacar el oro de donde hubiera. En suma, autorizado el saqueo, con salvoconducto del propio Inca y así llegó la comisión hasta Pachacamac, un templo de donde saquearon los más preciados tesoros de oro. El caballo de Hernando Pizarro había llegado cojeando y eso le preocupó durante la noche que pernoctaron, mientras los súbditos incas reunían el botín para los comisionados. Al día siguiente y cuando salió del cuarto Hernando Pizarro vio que un grupo de hombres rodeaba a su caballo, que había llegado cojo, parecían festejar algo, pues reían y hablaban. Cuando se acercó el español, uno de los indios levantó la pata para mostrarle el casco, vio con sorpresa que en la uña del caballo lucía una herradura de oro. Los nativos habían fabricado a imitación de las otras, esa herradura de oro, clavos y todo, y se la habían calzado al caballo. Pizarro además de sorprendido había levantado las manos, exclamando con carcajadas que ni el más grande emperador había tenido un caballo con herradura de oro. Prescott dice que este español fanfarrón hizo herrar a todos los caballos de una tropa con herraduras de plata. (2)

La tercera anécdota por hoy: Tito o Titu Atauchi era un medio hermano de Atahuallpa, y, cuando llevaba una cuantiosa carga de oro para aumentar al monto de rescate, supo que Atahuallpa había sido ejecutado, (1533) entonces escondió el tesoro en un sitio que nunca se descubrió, conjuntamente con Quizquiz, célebre general del ejército de Atahuallpa. Como después de la ejecución del Inca se produjo en Cajamarca y muchos pueblos un desorden generó éste, la oportunidad de encuentros y venganzas, entre españoles e incas produciéndose brotes de lucha. Los españoles, llevados de su codicia, vieron que era un imperativo mantener el imperio, hasta que las cosas se definan para los ibéricos, entonces nombró un inca títere: a Manco Inca, que no respondió a sus deseos ni cálculos, porque en este inca apareció también un brote de ambición. Se podía observar cómo los europeos comenzaban a enseñar desde ya esa vez a los autóctonos americanos la codicia y las malas pasiones. Era obvio que el imperio ahora se debatía en un caos. Había angustia general entre los súbditos incas; las mujeres lloraban. Tito Atauchi se había enterado que de trece que fueron los que acusaron sañudamente al Inca durante el juicio, sólo logró coger a Sancho de Cuellar, el escribano, que fue ficha decisiva en el espúreo proceso, y cuentan que cuando le rodeaban ya el cuello de Atahuallpa con la soga del garrote, se burló cruelmente de él. Habían sido trece los culpables, acusadores, malévolos, ignorantes, sin ninguna calidad humana, como que después se supo que eran delincuentes que habían sido reclutados entre la masa heterogénea que se alistó para la conquista. No obstante y, por otro lado, hubo once hidalgos que abogaron por el Inca. Al ser tomado Sancho de Cuellar, Tito Atauchi, le había dicho: “hasta que se encuentre a otros, tú pagarás el pato”. Lo llevó amarrado a la silla del garrote, donde fuera inmolado el Apu Inca y allí mismo fue ejecutado el escribano. El garrote está formado por una silla con un palo vertical en el espaldar. La soga rodea ese palo y el cuello del ajusticiado, y por detrás el verdugo ajusta con otro palo más pequeño la soga, lentamente hasta que produce la muerte por ahorcamiento. Tito Atauchi había ofrecido gran recompensa por la captura de Felipillo, el “indezuelo”, el intérprete, que con sus intrigas contribuyó a la condenación de Atahuallpa. Este Felipillo fue formado por los propios españoles como intérprete al llevarlo a Panamá para que aprendiera el castellano. Lo hizo bien pero por venganza –dice Palma- al haber pretendido a una de las mujeres del Inca, fue azotado, entonces se vengó alterando la traducción, al hacer sus interpretaciones Felipillo fue encontrado y descuartizado por Almagro. (3).

BIBLIOGRAFÍA

1)De La Vega, Garcilaso: Comentarios Reales de los Incas.

2)Prescott, Guillermo: Historia de la Conquista del Perú. Ed. Universo, Lima Perú

3)Palma, Ricardo: Tradiciones Peruanas. Ed. Aguilar, Madrid, l961.

Fuente: LA PATRIA
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