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Domingo 04 de junio de 2017

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Revista Dominical

El apostolado de la docencia

04 jun 2017

Por: Raúl Pino-Ichazo Terrazas - Docente universitario, doctor honoris causa abogado, escritor

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Cuando uno vive la docencia todos los días se podría inferir que es una labor sin dificultad establecer un perfil nítido de esta polivalente figura universitaria y de postgrado, habidas las constantes mutaciones en los esquemas de la docencia superior, todo lo contrario, no es tarea fácil. Todavía es indefinido su perfil administrativo en el que convergen heterogéneas funciones de docencia, de investigación, administrativas y añadidas, por el tiempo, otro cúmulo de circunstancias: creación y organización, relación interdisciplinaria en el plano científico. La aparición de otras categorías de profesorado y un sinnúmero de reglamentaciones no han contribuido ciertamente a clarificar y exaltar, sino difuminar la imagen tradicional del catedrático, protagonista estelar de la educación superior y piedra angular que confiere consistencia a todo sistema educativo.

No basta que el catedrático universitario sea solamente enseñante, aunque es imprescindible que ejerza esta condición con competencia y dignidad en la formación de aquellos que más tarde se incardinarán en la vida profesional y científica, sino que es su misión la de percibir con singular atención las vocaciones de los que quieran seguir la docencia y estimularlas.

Ser consciente que el catedrático al más alto nivel de su función, ha de crear a su vez, nuevos maestros, exige en el clima superior universitario que el docente tenga una acendrada vocación investigadora para que el binomio enseñanza-aprendizaje, al cual debería añadirse la investigación para que se transforme en una trilogía, se revelen nuevos valores como peldaños de una escalera. La categoría humana del Catedrático es condicionante excepcional en el acontecer universitario que lo inclina a ser formador de buenos profesionales con proclividad a saber más allá de lo rutinario y animador-creador de una acusada tendencia científica en los estudiantes.

Se debe lograr lo esencial en las funciones del catedrático, que se resumen en: gestión, profesorado (enseñanza-docencia), investigación y la más noble: su calidad de maestro.

En el catedrático-gestor se concentra un equipo de trabajo con actividades docentes e investigadoras. En ellas se incluyen, además del catedrático, los profesores titulares, ayudantes y personal administrativo, que constituyen sus recursos humanos y los materiales son las oficinas, instalaciones, equipos audiovisuales, acervo bibliográfico y ciertos fondos financieros. La cátedra es una pequeña empresa inserta en otra mayor cual es la universidad, donde surgen los clásicos problemas de gestión como ser la planificación, organización, coordinación, recursos y relaciones con las instituciones universitarias y otros. Aquello clarifica que los que prestan el servicio de enseñanza son los profesores, mientras que los usuarios son, en estricto sentido, los estudiantes y estos tienen el derecho de exigir que el servicio se desarrolle de la manera más eficiente posible y que la enseñanza se imparta en óptima forma, así el catedrático no podrá declinar su responsabilidad en los aspectos precitados que le exigen amplio sentido de previsión y organización, capacidad de mando, tacto, decoro y discreción.

En el catedrático-profesor emana la docencia como su función más característica, la más destacada y la más exigible al Catedrático, independiente de su conocimiento digno y de nivel adecuado de la disciplina o materia, de su lugar en el conjunto de ciencias, de su evolución, sus relaciones con las demás ciencias y sus aplicaciones, el catedrático deberá disponer de unas elementales condiciones pedagógicas, capacidad para la comunicación oral y escrita y aptitudes en el trato y relaciones humanas. Aquí se debe reconocer que no hay normas concretas ni fijas sobre lo que es perfecto en la enseñanza como le sucede a la conducta moral, porque lo mejor en la vida humana es siempre lo que sea eficaz, y esta cualidad no depende de las normas sino del modo de aplicarlas que ingresa al ámbito humano; así un plan de enseñanza irreprochable en manos de un profesor incapaz no sirve para nada, ni las mejores leyes son útiles cuando las aplica un juez incompetente.

Estadísticamente son innumerables los educadores excelentes que por propia iniciativa hicieron una profunda labor educativa con métodos insuficientes y los ciudadanos, profesionales que dejaron tras sí una conducta intachable y luminosa, además de ejemplar sin atenerse a una ley escrita. Corrobora a esto el insigne filósofo Gregorio Marañón, cuando determina que "el coeficiente subjetivo es lo primordial en la enseñanza o en la educación profesional o social". Este coeficiente encuentra sus raíces en la vocación individual o proclividad en el ejercicio de la actividad docente, que es algo muy parecido al amor que exige exclusividad en el objeto amado y desinterés absoluto en servirlo.

El catedrático-investigador es inseparable con la auténtica vocación docente y del espíritu investigador que significa ampliar el campo del conocimiento de la materia impartida y la imperativa necesidad de vitalizarla abriendo nuevos derroteros científicos, de esta forma se enlaza la cátedra con los programas estatales y empresariales en sus urgencias especificas estructurando las anheladas relaciones Universidad- Sociedad, de cuya vigencia se promueve la labor creadora en investigadora en el estudiantado, especialmente en la dirección de las tesis doctorales y trabajos de investigación, asignándole sentido moderno y desmitificando la cultura excesivamente academista que produce distanciamiento con la sociedad.

El catedrático-maestro inviste la misión más noble, sin duda, la primordial, la integradora de las restantes, aquélla que no explicitan los reglamentos: es la función del catedrático forjando seres humanos. Al catedrático se le reclama un talante humanista donde tiene prevalencia el gesto y la conducta, en sentido estricto, al saber. El catedrático para ser auténtico maestro deberá elevarse a un ejemplo vivo de comportamiento profesional, social y familiar para sus estudiantes, ya que para estos, el catedrático, independiente de su modestia personal, es el depositario de la cultura y de los más altos valores morales y sociales y que dejara huellas indelebles en sus jóvenes espíritus.

El catedrático debe esforzarse en su labor de docencia pero no conformarse con la ejemplos mayésticos que distancian, sino fomentando la convivencia y el dialogo con los estudiantes, desembarazándose del formalismo pero conservando la autoridad, eliminando el sentido dogmático de la enseñanza que se base en testimonios de autoridad evitando la pasividad intelectual del estudiante por recibir saberes reelaborados; de esta forma se conseguirá la creatividad del estudiantado, preparándolo al futuro profesional con la deontología adecuada a la realidad social.

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