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Domingo 27 de septiembre de 2015

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Revista Dominical

La Malquerida y el diablo

27 sep 2015

Por: V铆ctor Montoya - Escritor

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En un pueblito encajonado en la serran铆a, que parec铆a esculpido en las rocas y ba帽ado por el polvo del tiempo, las callejuelas eran des茅rticas y el silencio, bajo un cielo permanentemente encapotado, era similar a la de un camposanto abandonado, hasta que, una ma帽ana de cerrada llovizna, en que el viento soplaba como nunca, lleg贸 un hombre montado a caballo.

Los curiosos asomaron la cara a la ventana y, entre el chapoteo provocado por el pasitrote del animal, vieron a un jinete que avanzaba con la cabeza gacha, como enfrent谩ndose a las r谩fagas de la lluvia. Nadie le vio la cara, porque llevaba el sombrero al贸n calado hasta las cejas y el cuello de la chaqueta suspendida hasta el pabell贸n de las orejas.

Los vecinos, una vez que ces贸 la lluvia y el pueblo retorn贸 a la rutina, se enteraron de que el jinete se ape贸 en la puerta de la Malquerida, una cholita joven, coqueta y apetecida, que lleg贸 al pueblo una vez que contrajo matrimonio con un muchacho del lugar, quien, por razones de trabajo, viv铆a en una mina cercana, donde pasaba al menos cinco d铆as a la semana, pensando en su esposa, la Malquerida, y en el dinero que necesitaba para cancelar las deudas contra铆das en los preparativos de la boda.

La Malquerida, presa de su orgullo y altaner铆a, nunca se llev贸 bien con los vecinos desde el primer en d铆a que se instal贸 en la modesta casa que su esposo hered贸 de sus padres; por eso, como suele ocurrir en un pueblo chico, acostumbrado a las tradiciones comunitarias del "ayni" y la "mink麓a" (relaci贸n y trabajo rec铆procos), la ten铆an aislada como a una enferma en cuarentena y le apodaron la Malquerida.

Cuando su marido retorn贸 del trabajo, como todos los viernes al caer la noche, los amigos lo abordaron en la callejuela llena de neblina y le contaron que, durante su ausencia, un desconocido, que lleg贸 montado a caballo, se ape贸 delante de su casa, donde su joven esposa, ataviada con sus mejores atuendos de chola, le hizo pasar como si lo hubiese conocido desde siempre, y que desde entonces no se los volvi贸 a ver ni de noche ni de d铆a.

El joven minero, un mocet贸n de contextura musculosa, ojos diminutos y nariz aguile帽a, apenas recibi贸 la mala noticia como un balde de agua fr铆a, sinti贸 un aturdimiento que, por un instante, se apoder贸 de sus sentidos. Luego se ruboriz贸 como una estufa encendida, pero no de celos, sino de coraje. Se despidi贸 de los amigos y se endilg贸 hacia su casa arreando la neblina por delante. "驴C贸mo pudo meterme cuernos a tres meses de nuestro matrimonio?", se dijo, a medida que avanzaba desliz谩ndose por el terreno barroso. "Si todo lo que me contaron es cierto, entonces es una falta de respeto a mi persona, una conducta reprochable y un acto inaudito que no tiene perd贸n de Dios...".

Se plant贸 delante de la puerta de su casa, sac贸 el llavero de la bolsa de Calcuta, colgada de su hombro derecho, y, decidido a descubrir infraganti a su esposa en una situaci贸n de infidelidad, entr贸 en la habitaci贸n salpicando el piso con las botas llenas de barro. Ah铆 nom谩s, un s煤bito ventarr贸n, que surgi贸 de la nada, lo suspendi贸 en el aire, lo sopl贸 como a una pluma y lo sac贸 volando por la ventana, hasta tumbarlo de espaldas en el lodo del patio, cerca de la pocilga de los cerdos.

El minero, con algunas rasmilladas que le ard铆an en la espalda como si le hubiesen echado pu帽ados de brasa candente, se qued贸 aterrado por lo que acababa de suceder, pero una vez que se carg贸 de valor, se puso de pie, dispuesto a entrar otra vez en su casa, para saber qu茅 demonios estaba pasando en su interior, donde todo qued贸 patas arriba; los muebles, las fotograf铆as del d铆a de la boda y hasta los mecheros de acetileno.

Su esposa no dio se帽ales de vida, por cuanto supuso que estar铆a en el dormitorio, ajena a todo lo acontec铆a a su alrededor. Empuj贸 la puerta y, al abrirse con un enervante chirrido en las bisagras, divis贸 a un hombre sentado sobre la cama, con una sonrisa que lo iluminaba todo; ten铆a la cabellera recogida en cola de caballo, sombrero al贸n, mostachos de caballero de fina estampa, traje de gamuza negra y botas con espuelas en los talones. Junto a 茅l yac铆a su esposa, la Malquerida, tendida sobre un c铆rculo de sangre todav铆a fresca, con las polleras levantadas hasta la cintura, las piernas abiertas y las trenzas alborotadas sobre la cara. Aunque respiraba, daba la impresi贸n de estar muerta, habitada por un esp铆ritu maligno o transportada a otras dimensiones.

-As铆 que por fin llegaste -dijo el desconocido, y, seguidamente, emiti贸 algunas palabras en lenguas pret茅ritas.

El minero, intentado apaciguar el tormento nacido en su alma, le pregunt贸 qui茅n era, y el desconocido, que segu铆a sentado sobre la cama, con los ojos encendidos por su presencia, le contest贸:

-Eso qu茅 importa por ahora, si la maldici贸n, como la muerte, entra por igual en la choza de los pobres que en la mansi贸n de los ricos.

El minero no supo qu茅 decir, pero estaba seguro que el hombre que ten铆a enfrente no era un simple mortal, sino un ser con propiedades sobrehumanas, pues era cuesti贸n de escucharlo un instante para darse cuenta que era due帽o de una mente prodigiosa, que deslumbrar铆a a cualquiera que lo viera u oyera.

-驴Qu茅 quieres con mi mujer? -pregunt贸 el minero-. 隆Entr茅gamela tal cual la encontraste!?

-No te la entregar茅 -contest贸- Ahora es m铆a, solamente m铆a.... Ella me pertenece desde antes de que se revolcara contigo, desde que sucumb铆 ante los bajos instintos de mi cuerpo, desde entonces no puedo resistirme a sus caricias ni palabras y ando como perdido en los furtivos juegos de su lujuria.

-Eso no puede ser. Ella es mi esposa y tienes que devolv茅rmela antes de que cometa una locura... -suplic贸 el minero, golpe谩ndole con los pu帽os en el pecho.

El desconocido, consciente de que el odio se alimenta de los celos y los celos de un coraz贸n herido, se ech贸 a re铆r como burl谩ndose de su adversario. Despu茅s lo apart贸 de un manotazo y desafi贸:

-隆Ac茅rcate y t贸mala! Si ella te sigue amando, te elegir谩; de lo contrario, la dejar谩s en paz y permitir谩s llev谩rmela hasta mi reino, que est谩 construido debajo de nuestros pies, como una mina llena de fuego, azufre y tormento.

-驴Por qu茅 me haces esto?

-Porque fui el primero en trajinar su cuerpo y quitarle su honor. La noche que la hice m铆a, entre los matorrales donde ella sali贸 a desaguar, las luces del cielo fueron las 煤nicas testigos de aquel desaforado amor que me dej贸 en vilo.

El minero, a esas alturas de la disputa, parec铆a haber perdido la cordura, al extremo de que al desconocido empez贸 a verlo en varias formas y tama帽os, como si su imagen no correspondiera a la realidad, sino a una ilusi贸n 贸ptica, capaz de producir un desorden en el cerebro, como cuando se consume varias copas de licor, hasta que se produce una distorsi贸n de los objetos; por eso, a ratos, lo ve铆a como a una bestia infernal y, a ratos, como a una persona normal.

-Si eres valiente, qu铆tamela de una vez -dijo el desconocido, hipnotiz谩ndolo con la mirada.

-No lo puedo hacer, si apenas puedo moverme y hablar -se justific贸. Seguidamente, a帽adi贸-: T煤 tienes que ser el diablo, 驴verdad?

El desconocido asinti贸 con la cabeza y volvi贸 a sonre铆r, pero esta vez dejando entrever las brillantes gemas engastadas en sus colmillos.

El minero cambi贸 el tono en la voz y, como si estuviese delante de la muerte, balbuce贸:

-Si t煤 eres el pr铆ncipe de las tinieblas, el que lo puede y lo sabe todo, entonces ser谩 en vano disputar contigo el amor de una mujer y enfrentarme a tus poderes sat谩nicos?

El diablo solt贸 una breve carcajada, apoy贸 los pu帽os sobre la cama y se incorpor贸 con la levedad de una pluma.

El minero, aunque sent铆a un inmenso dolor al saber que perder铆a a su esposa para siempre, como si dejara caer de sus manos una preciada perla, se dio por vencido y acept贸 su derrota con resignaci贸n. Ni qu茅 hacer, con ella lo perdi贸 todo, 隆todo! Todo lo que fue un gran amor, terminar铆a muy pronto en el infierno. Mir贸 en derredor, dio media vuelta en direcci贸n a la puerta y sali贸 de su casa, con l谩grimas en los ojos y un hondo pesar en los sentimientos. Escuch贸 a sus espaldas un suspiro que parec铆a maldecirlo, pero 茅l no volvi贸 la mirada y tom贸 un rumbo desconocido, como quien corre sin llegar a ninguna parte.

El diablo levant贸 el cuerpo semidesnudo de la Malquerida, la sac贸 del dormitorio como un costal de papas, gan贸 la callejuela a zancadas y la asegur贸 con una cincha de cuero sobre las grupas del caballo, un extra帽o animal que sol铆a esperar a su amo con los arreos encima, sin beber agua ni probar forraje alguno.

En el pueblo no hab铆a un alma y el tiempo parec铆a haberse detenido de manera inexplicable. El diablo mont贸 de un brinco y, rompiendo el espeso manto de la neblina, cabalg贸 por donde vino, hasta desvanecerse como una misteriosa criatura, mientras a lo lejos, detr谩s de los cerros, se desataba una tempestad entre truenos y rel谩mpagos.

Para tus amigos: